El último baileEl aforo está completo. Las luces de la sala se van apagando, se oscurecen los palcos, comienza el espectáculo. 31 de octubre, noche de difuntos. El prestigioso Ballet de Fiore representa el clásico de Tchaikovsky, El Lago de los cisnes. Alguien pide silencio, se abre el telón, la orquesta toca en el foso. Un remolino de tutús irrumpe en el escenario, empieza el primer acto.
El hombre que ocupa un asiento en la platea aguarda impaciente a la joven Elisa, objeto de su devoción. Ella aparece con sus zapatillas en punta, flota sobre el escenario; su cisne blanco. Espalda recta, caderas y hombros alineados. Su cuello esbelto, el vientre plano. Sus movimientos son gráciles, su figura es etérea, comienza el segundo acto. De sus pantorrillas, aceradas, cuelga sus miradas prendado de ella. El hombre retiene el aliento, hunde sus dedos en la butaca, sus ojos azules, voraces, siguen cada movimiento y cada giro de la bella joven que es primera bailarina.